*** A lo loco se vive mejor… ¿también se juega mejor? ***

 

Mis abuelos cantaban una copla popular que decía:“A lo loco, a lo loco, a lo loco se vive mejor…”

Y cada vez que observo el baloncesto actual, especialmente el de clara influencia NBA —ese que empieza a asentarse también en Europa, como el que propone París Basketball— no puedo evitar acordarme de aquella frase.

Durante muchos años, quienes entendíamos el juego desde dentro repetíamos mensajes muy simples y muy claros: había que jugar rápido, sí, pero no precipitadamente; había que seleccionar los tiros; había que controlar el tempo del partido, saber cuándo correr y cuándo pausar, cuándo atacar y cuándo proteger el balón.

Hoy, muchas de esas ideas parecen haber quedado arrinconadas. Y uno llega a preguntarse si estaban equivocadas… o si simplemente ya no encajan en el baloncesto que se quiere vender.

El juego actual tiende cada vez más a disputarse a lo loco. No es una casualidad, sino la consecuencia directa de una serie de cambios reglamentarios y filosóficos: saques rapidísimos, el polémico paso “cero”, defensas cada vez más penalizadas, los tres segundos ofensivos prácticamente inexistentes, el continuo “sigan, sigan” arbitral y, sobre todo, una exaltación casi absoluta del tiro de tres puntos.

El resultado salta a la vista. Partidos de máximo nivel convertidos en concursos de lanzamiento exterior, muchas veces con escasa selección. 

Un ejemplo reciente: el encuentro de Euroliga entre Real Madrid y París Basketball, donde se lanzaron 69 triples, con porcentajes bajos. No porque el partido lo exigiera, sino porque el sistema lo permite y, en cierto modo, lo fomenta. Ya no tira el que debe. Tira el que puede.

Aquí aparece el verdadero debate: ¿todo lo que genera espectáculo es buen espectáculo?

La NBA marca el camino. Impone estilos, crea tendencias y vende un producto global extraordinariamente bien construido. Su modelo prioriza el ritmo, la anotación, el récord y el impacto inmediato. Como en muchas películas de acción: todo corre, todo es urgente, todo busca impresionar… aunque a veces falte profundidad.

Eso funciona para el negocio, nadie lo duda. 

Genera consumo, estadísticas llamativas y narrativas constantes. Pero también tiene un coste: se diluye el valor del control del juego, de la inteligencia colectiva, de la lectura del partido, de la posesión bien trabajada.

No se trata de rechazar la evolución ni de idealizar el pasado. El triple es una herramienta magnífica cuando se usa con criterio. El ritmo alto puede ser devastador si se gobierna. El problema aparece cuando correr sustituye a pensar, cuando tirar reemplaza a elegir y cuando el tempo deja de importar.

Quizá, sin saberlo, mis abuelos tenían razón. A lo loco se vive mejor.

Pero vivir mejor no siempre significa jugar mejor.

Y no, no es nostalgia.

Es memoria del baloncesto bien entendido: aquel en el que el verdadero espectáculo no estaba en la prisa, sino en el dominio del juego.




Predicando en el Desierto
Miguel A Soto