*** Los tiempos del "voit" en mi ciudad: recuerdos de una infancia sin comodidades ***

Cuando terminaban los entrenamientos teníamos que ducharnos con agua fría, incluso en pleno invierno. La cancha era al aire libre y se entrenaba lloviera, hiciera frío o soplara viento. No había alternativa. Al menos en mi ciudad no existían pabellones cubiertos para la gente del pueblo.
Que te dieran un chándal era casi un lujo. Muy pocos equipos lo tenían, y menos aún camisetas de calentamiento. Llegabas a casa y te esperaba un trozo de pan con aceite o con manteca colorá. No había frigoríficos. La cena era, casi siempre, lo que había sobrado del almuerzo. Y aun así éramos felices.
Que te dieran un chándal era casi un lujo. Muy pocos equipos lo tenían, y menos aún camisetas de calentamiento. Llegabas a casa y te esperaba un trozo de pan con aceite o con manteca colorá. No había frigoríficos. La cena era, casi siempre, lo que había sobrado del almuerzo. Y aun así éramos felices.
Pasábamos el día entero en la calle: volvíamos del colegio, jugábamos al fútbol durante horas y solo parábamos cuando papá nos llamaba para estudiar y hacer las tareas.
En los partidos de competición había que ir con cuidado. Si destacabas demasiado, si ibas de “figurita”, alguno intentaba lesionarte con una patada o un golpe. Los árbitros solían ser caseros, aunque muchas veces te advertían:
“Ten cuidado aquí, que el público es peligroso”.
Algunas canchas, sobre todo en los pueblos, eran realmente complicadas. Muchos aficionados eran los mismos que los del fútbol, con la misma pasión… y la misma dureza.
No, no era fácil vivir en aquella época. Los que jugábamos en la calle al fútbol éramos “sospechosos” para la policía local o para “los grises”. Tenían órdenes de no dejarnos jugar, y no se andaban con tonterías. Una paliza podía caer por cualquier motivo, a ti y a tu padre.
Eran tiempos en blanco y negro, duros de verdad.
Después a los 18 años llegaba el servicio militar obligatorio. Tenías que dejar el equipo, los amigos, la vida que llevabas.
Después a los 18 años llegaba el servicio militar obligatorio. Tenías que dejar el equipo, los amigos, la vida que llevabas.
“Todo por la patria”.
Fregar retretes, mucha instrucción, muchas guardias, pocos tiros y mucha obediencia. Pero también es verdad que aquello te hacía más fuerte mentalmente, más resistente, más preparado para aguantar.
Por suerte, el combate real nunca llegaba.
Eran tiempos de escasez, de sacrificio, de dificultades… pero también de alegría. Cualquier cosa nos parecía la gloria. Vivíamos de ilusión, de esperanza, de pensar que “ya vendrán días mejores”. Y nunca perdíamos esa fe.
No había móviles, ni internet, ni pantallas. Nada de esas “cosas raras” que hoy lo invaden todo. Y aun así, o quizá por eso, éramos más libres, más humanos, más solidarios.
Eran tiempos de escasez, de sacrificio, de dificultades… pero también de alegría. Cualquier cosa nos parecía la gloria. Vivíamos de ilusión, de esperanza, de pensar que “ya vendrán días mejores”. Y nunca perdíamos esa fe.
No había móviles, ni internet, ni pantallas. Nada de esas “cosas raras” que hoy lo invaden todo. Y aun así, o quizá por eso, éramos más libres, más humanos, más solidarios.
No cambio aquellos tiempos de mi infancia por los de ahora. Y no es nostalgia: la vida está para vivirla, y nosotros, de niños, la vivíamos de verdad.
Predicando en el Desierto
Miguel A Soto












