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*** Arbitrar no es mandar: una reflexión necesaria en el baloncesto ***



Los árbitros de baloncesto son humanos. Esta afirmación, tan obvia como necesaria, debería ser el punto de partida de cualquier debate sobre el arbitraje. Su labor es compleja, exigente y muchas veces ingrata. Sin ellos no hay partido, y como jugadores o entrenadores, se equivocan, aprenden y evolucionan. Por todo ello, merecen respeto.

Pero el respeto no puede ser un concepto unilateral.

En los últimos años se ha insistido —con razón— en la necesidad de proteger al colectivo arbitral frente a insultos, presiones y comportamientos inaceptables. Sin embargo, esta defensa legítima no puede convertirse en un escudo que oculte otra realidad incómoda: también existen colegiados que confunden autoridad con superioridad.

Arbitrar no es mandar. No es imponer, provocar ni “demostrar quién manda” a base de técnicas, faltas o gestos de soberbia. Cuando un árbitro utiliza su poder para marcar territorio, el partido deja de ser un juego y se transforma en un pulso de egos. Y en ese escenario, siempre pierde el baloncesto.

La autoridad arbitral no nace del silbato, sino de:

  • la coherencia en las decisiones,

  • la comunicación clara y calmada,

  • la gestión emocional de los momentos tensos,

  • y la humildad para aceptar que el error forma parte del juego.

Del mismo modo que se exige a jugadores y entrenadores autocontrol y respeto, también debe exigirse profesionalidad, pedagogía y respeto desde el arbitraje. Especialmente en categorías de formación, donde cada gesto educa más que cualquier reglamento.

Esto no justifica el insulto, la protesta agresiva ni la falta de educación hacia los árbitros. Nada de eso es aceptable. Pero criticar actitudes prepotentes no es faltar al respeto, es reclamar un arbitraje mejor, más humano y más acorde con los valores que el baloncesto dice defender.

El respeto en la cancha debe ser bidireccional.

La autoridad se ejerce, no se impone.

Y arbitrar bien no es mandar más, sino entender mejor el juego y a quienes lo juegan.

Porque cuando el árbitro también “juega” el partido desde la empatía y el criterio, el baloncesto gana.