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*** Baloncesto hoy: el deporte de resultados, no de formación ***

La mentira más grande que se repite en el baloncesto —y en el deporte en general— es esa frase vacía de “lo importante es participar”. Todos lo decimos, todos lo escuchamos, pero nadie lo cree realmente. En la práctica, lo único que importa es una cosa: ganar.

Y esto no es solo un problema en el baloncesto profesional, donde la presión por los resultados es inevitable. Es una plaga que ha infectado todo el deporte, incluso a niveles amateurs, de base y en clubes pequeños. En lugar de formar jugadores, educar personas y construir equipos, lo que se hace es forzar a los entrenadores y jugadores a cumplir con unos objetivos arbitrarios e inmediatos que tienen poco que ver con el desarrollo a largo plazo.

El entrenador ya no es visto como un formador, sino como un mercenario cuyo único valor radica en su capacidad para ganar partidos. No importa si el equipo está en pleno proceso de reconstrucción, no importa si los jugadores están aprendiendo, mejorando o consolidando su identidad en la cancha. Lo que cuenta son los resultados, y si estos no llegan, la culpa siempre es del entrenador.

En el baloncesto de base, donde se debería priorizar el aprendizaje y el crecimiento, estamos formando a futuras generaciones con el único mensaje de que el éxito solo cuenta si se gana.

Jugadores que aún no han terminado de comprender el juego son castigados por no cumplir con las expectativas de adultos que solo ven números en la pizarra. Los padres, los directivos, incluso los mismos jugadores se ven atrapados en la lógica del “todo o nada”, donde el proceso y la experiencia pasan a un segundo plano.

En el baloncesto amateur y en clubes pequeños, el escenario es aún peor. Aquí, la presión por mantener la categoría o evitar el descenso se ha convertido en una obsesión que destruye cualquier intento de crear un proyecto a largo plazo. No hay dinero, no hay recursos, pero hay una montaña de expectativas que aplasta a todo el mundo. 



El entrenador, bajo constante vigilancia, es considerado un fracaso si el equipo no cumple con los objetivos, sin importar cuán difíciles o inalcanzables sean.

Es hora de ser sinceros: el deporte de base y amateur ha dejado de ser un espacio de formación

Se ha convertido en un negocio disfrazado de “proceso”, donde todo es fachada y lo que importa es lo que se ve en el marcador al final del día. Los valores que se pregonan quedan desdibujados en el momento en que el resultado se convierte en la única medida de éxito. Y lo peor es que esta realidad es tan normalizada, que los que se atreven a cuestionarla parecen ser los raros.

Decir que “lo importante es participar” es, hoy por hoy, una mentira absoluta. En el fondo, lo único que importa es que el equipo gane, que los números estén a favor y que, al final de la temporada, alguien se lleve la medalla. El resto —el desarrollo, la educación, la cohesión del grupo— queda relegado al olvido.

Mientras tanto, el baloncesto (y el deporte en general) sigue perdiendo lo que lo hace grande. Ya no se trata de formar personas a través del deporte, sino de usar el deporte como una fábrica de resultados inmediatos. Y, mientras todo esto ocurre, se siguen quemando entrenadores y jugadores que nunca tuvieron la oportunidad de ser más que una cifra en una clasificación.

La realidad es simple: si no ganas, no vales. Y mientras ese sea el único mensaje que se mande, seguiremos destruyendo lo que realmente importa.


Predicando en el Desierto
Miguel A Soto