*** De la cancha al despacho: ¿por qué disfruto más jugando que siendo entrenador o presidente? ***

La magia del juego (como jugador)
Cuando estaba en la cancha, todo lo que pasaba dependía de mí y de mis compañeros. Estaba en el centro de la acción, en un flujo constante de decisiones rápidas, de emociones que se compartían al instante. La recompensa era inmediata: un pase bien dado, una canasta clave, un buen bloqueo. No había tiempo para pensar demasiado, solo para disfrutar del momento.
Como jugador, el control lo tenía yo, y esa sensación de poder influir en lo que sucedía a cada segundo era incomparable. La adrenalina del partido, la camaradería del equipo, el esfuerzo físico y la satisfacción de saber que cada jugada era el resultado de tu trabajo y el de tus compañeros… era, y sigue siendo, lo que más me llenaba.
La responsabilidad de dirigir (como entrenador)
Cuando pasé a ser entrenador, la experiencia cambió. Aunque todavía podía influir en el juego, lo hacía desde otro lugar. La satisfacción ya no era tan inmediata. Como entrenador, mi papel era guiar, preparar y motivar. Era un trabajo de más planificación y estrategia, donde los resultados no dependían solo de mí, sino del rendimiento de los jugadores.
La responsabilidad era mayor, y aunque disfrutaba viendo a los jugadores mejorar y a mi equipo ganar, la conexión emocional con el juego no era tan directa. Estaba más pendiente de detalles tácticos, de las dinámicas del equipo, de las decisiones a largo plazo. Sin embargo, el estrés de tener que manejar todos esos factores hacía que la sensación de disfrute no fuera tan pura como cuando jugaba.
El peso de la gestión (como presidente)Y luego vino el rol de presidente. Aquí, el baloncesto se convirtió en algo más administrativo. Me encargaba de la gestión del club, de los recursos, de la planificación a largo plazo, de lidiar con los problemas financieros y las relaciones externas. Si bien el éxito del club era algo en lo que creía y quería, la conexión emocional con el juego se perdía casi por completo.
El trabajo de presidente se centraba en la toma de decisiones a nivel organizativo, y el estrés de la responsabilidad global del club era mucho mayor. Ya no estaba en la cancha, ya no podía sentir la adrenalina del partido. Todo era más bien una serie de acciones logísticas y decisiones burocráticas que, aunque importantes, no estaban tan relacionadas con la pura emoción del baloncesto.
¿Por qué disfruto más jugando que entrenando o gestionando?
Al final, la razón es simple: como jugador, estaba inmerso en la acción directa. Como entrenador, aunque sentía que podía influir, el proceso era más largo y menos inmediato. Y como presidente, me alejaba completamente de la esencia del juego. Los resultados ya no dependían de mí de manera tan directa, sino de muchas variables externas.
El baloncesto, en su forma más pura, es algo visceral, algo que se vive en el cuerpo, en el instante. Y esa es la razón por la que, en mi caso, disfruté más jugando. La cancha es el lugar donde el esfuerzo, la dedicación y la pasión se convierten en una experiencia real y tangible.
Como entrenador y presidente, esa sensación de control inmediato sobre el juego desaparece, y es esa conexión directa lo que más echo de menos.
