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*** Los jartibles del baloncesto callejero ***

       

Son mayorcitos, no lo hacen muy bien, tampoco juegan competiciones, pero graban todos sus partidos al completo, juegan donde pueden, una o varias veces en la semana, no fallan, son jartibles "enfermos del baloncesto" ... ¿esto tiene algún mérito?

Sí, tiene mérito. Y bastante, aunque desde fuera a veces se vea como algo “friki” o exagerado. Ese tipo de jugador que describes —los jartibles del baloncesto callejero— representan varias cosas valiosas:

1. Constancia pura

Ir a jugar una o varias veces por semana durante años, sin competición oficial, sin premios y muchas veces sin público, requiere una motivación muy genuina.

No lo haces por fama ni por dinero: lo haces porque te gusta de verdad.

En muchos deportes la gente abandona cuando ya no compite o cuando no destaca. Estos jugadores siguen igual.

2. Amor auténtico por el juego

En el fondo es el mismo espíritu que tenía mucha gente que empezó en una pista de barrio.

El baloncesto, antes de ligas y estadísticas, es simplemente:

  • un balón

  • una canasta

  • gente con ganas de jugar

Mantener ese espíritu durante décadas no es tan común como parece.

3. Comunidad y ritual

Ese grupo que siempre aparece en la pista suele crear algo muy potente:

  • horarios casi sagrados

  • rivalidades amistosas

  • bromas internas

  • memoria colectiva de partidos

Grabar los partidos incluso forma parte del ritual: documentar su propia historia.

4. Envejecer sin dejar el deporte

Seguir jugando cuando ya no eres joven también tiene mérito físico y mental:

  • te mantienes activo

  • mantienes relaciones sociales

  • mantienes una pasión

Muchísima gente deja el deporte completamente.

5. No hace falta ser bueno para que tenga valor

En deporte amateur el mérito no siempre está en el nivel, sino en:

  • la constancia

  • la pasión

  • el compromiso

Hay gente que juega mejor pero solo 3 veces al año.

Otros juegan peor pero no fallan nunca.

De hecho, en muchas ciudades del mundo hay personajes así: los “lifers” de la cancha, gente que lleva 20 o 30 años jugando en la misma pista.

Y curiosamente, cuando desaparecen (por edad, lesión, mudanza…), la pista pierde algo