*** No hay jugadores de segunda: una lección que todo entrenador debería aprender ***
Con los años y los banquillos, uno aprende que entrenar no es solo preparar partidos o diseñar sistemas. Entrenar es, sobre todo, gestionar personas. Y esa lección no siempre llega por los aciertos, sino muchas veces por los errores propios… o por observar los errores de otros.
Mi experiencia entrenando tanto baloncesto masculino como femenino me enseñó algo fundamental: no se puede entrenar a todos de la misma manera. El baloncesto es el mismo, pero las personas no.
En el femenino comprendí pronto que la forma de comunicar, de corregir y de exigir tiene un impacto emocional mucho mayor del que solemos creer. Un grito, una bronca mal medida o una corrección pública pueden bloquear a una jugadora, no por falta de carácter, sino por cómo se interpreta ese mensaje.
Ese aprendizaje me llevó a algo aún más importante y aplicable a cualquier equipo, masculino o femenino, de formación o senior: no discriminar nunca a ningún jugador, especialmente a los llamados suplentes.
Hoy en día es habitual ver entrenadores que separan a los “buenos” de los “malos”, que dedican atención solo a quienes juegan y que ignoran —con gestos o silencios— a quienes tienen menos protagonismo.
Sin darse cuenta, transmiten un mensaje devastador: aquí hay jugadores importantes… y otros que sobran.
Y eso, en cantera, es letal.
He visto demasiados chavales perder la ilusión no porque no jugaran, sino porque no se sentían tenidos en cuenta. Porque nadie les explicaba su rol. Porque cada partido vivían con la esperanza de salir a pista sin saber que eso no iba a ocurrir.
Por eso, hoy tengo una norma clara: si sé que en un partido importante un jugador no va a disputar minutos, se lo digo antes de empezar. Con naturalidad y con respeto. “Hoy no te puedo sacar, pero quiero que lo sepas”. No prometo minutos, prometo honestidad. Y la mayoría lo entiende.
No jugar duele menos que no saber.
No jugar duele menos que sentirse invisible.
Un suplente sigue siendo parte del equipo. Sigue entrenando, sigue empujando, sigue estando ahí cuando hace falta. Y cuando se le trata con dignidad, responde. Quizá no hoy, quizá no mañana, pero responde.
Al final, uno comprende que no hay jugadores de segunda, solo roles distintos. Y que un entrenador no se mide únicamente por los partidos que gana, sino por las personas que no rompe por el camino.
Esa, al menos, es la lección más valiosa que me ha dado el baloncesto.
Miguel A Soto

