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*** 🏀 Memorias de un hombre de baloncesto : CAPÍTULO 2 - El día que descubrí el baloncesto ***

 

Si alguien me hubiera dicho cuando era niño que el baloncesto terminaría siendo una parte tan importante de mi vida, probablemente no lo habría creído.

Hasta entonces, todo había sido fútbol. Era el deporte que jugábamos todos y el único que realmente conocíamos. Pero alrededor de los 13 años ocurrió algo que cambiaría mi camino deportivo casi sin darme cuenta.

Yo estudiaba en la Escuela de los Hermanos de La Salle cuando llegó a la ciudad una persona que marcaría el inicio de aquella historia: un entrenador de baloncesto de gran nivel que, además, trabajaba como ejecutivo en la Fábrica de Botellas. Su llegada provocó algo nuevo en el colegio: la creación de un equipo de baloncesto.

Aquello despertó la curiosidad de varios amigos. No sabíamos prácticamente nada del deporte, ni sus reglas, ni sus posiciones, ni siquiera cómo se jugaba correctamente. Pero tenía algo atractivo: era diferente.

Y así, casi por casualidad, decidimos apuntarnos.




Recuerdo perfectamente los primeros entrenamientos. Todo resultaba extraño. El balón no se podía golpear con el pie, había que botarlo constantemente y coordinar manos y movimientos de una forma totalmente distinta a la que estábamos acostumbrados. Para quienes veníamos del fútbol, aquello parecía otro mundo.

Sin embargo, había algo que me enganchó desde el principio.

Tal vez fuera la velocidad del juego. Tal vez la sensación de equipo. O quizá el reto de empezar desde cero en algo donde nadie destacaba todavía. Todos éramos principiantes y todos aprendíamos al mismo tiempo.

Las canchas eran descubiertas y las condiciones, muy distintas a las actuales. Entrenábamos hiciera frío, viento o lluvia. No existían grandes instalaciones ni comodidades, solo ganas de aprender y mejorar.

El entrenador comenzó enseñándonos lo más básico: cómo botar correctamente, cómo pasar, cómo colocarse en la pista. Fundamentos que hoy parecen simples, pero que entonces suponían un verdadero desafío.

Yo llegaba con una ventaja inesperada: la resistencia física adquirida jugando al fútbol durante años. Estaba acostumbrado a correr, a competir y a no rendirme fácilmente. Aunque técnicamente estaba muy verde, tenía algo que el entrenador valoraba mucho: constancia.

Sin saberlo, aquel fue el primer paso de un largo recorrido.

Ninguno de nosotros imaginaba que aquel equipo escolar acabaría llevándonos a competir en ligas federadas, viajar, representar a nuestra ciudad o convertir el baloncesto en una parte esencial de nuestras vidas.

Para mí, todo empezó allí, en un patio de colegio, sin expectativas y sin planes de futuro.

Solo un grupo de chavales… y un balón diferente entre las manos.

Pero lo que aún no sabía era que el verdadero aprendizaje no llegaría jugando, sino esperando desde el banquillo.