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*** La realidad del baloncesto profesional ***

Hay una gran diferencia entre el baloncesto que uno sueña… y el baloncesto que uno está obligado a entrenar.

Todos los que llevamos años en este deporte tenemos una idea clara de lo que es el “buen baloncesto”: equilibrio, inteligencia, juego colectivo, formación de personas además de jugadores. Ese es el baloncesto que te nace, el que sientes, el que defenderías siempre.

Pero luego está la realidad.

La realidad de unas reglas que marcan el camino, de unas tendencias que dictan cómo se debe jugar, de un sistema que te empuja hacia el ritmo, hacia el triple, hacia el espectáculo. 

Y entonces entiendes que ya no entrenas solo lo que crees… entrenas lo que toca. 

Porque el entrenador, muchas veces, no decide el juego… lo interpreta.

Nos piden correr, corremos.
Nos piden tirar de tres, formamos tiradores.
Nos cambian el juego… y nosotros cambiamos con él.

No porque queramos, sino porque sabemos que, si no lo hacemos, nos quedamos fuera.

Y en medio de todo esto aparece otra realidad incómoda: la jerarquía.

En el deporte profesional, el jugador es el protagonista. Es lógico, es quien genera el espectáculo, quien emociona, quien llena las gradas. Pero eso ha cambiado el equilibrio. 

Hoy vemos entrenadores que cobran menos que sus jugadores, que dependen de ellos, que incluso tienen que gestionar más que dirigir.

¿Es injusto?

No necesariamente.
Es simplemente el reflejo del mundo en el que vivimos.

Un mundo donde el valor está en lo visible, en lo que impacta, en lo que vende.

Y sin embargo, el entrenador sigue ahí.

Como un obrero del juego, sí… pero también como algo mucho más importante: como el guardián del sentido. El que da coherencia, el que forma, el que sostiene cuando todo se acelera demasiado.

Porque al final, cuando pasa la moda, cuando cambian las reglas, cuando el triple deja de ser protagonista y llega otra revolución… lo único que permanece son los valores que has enseñado.

Y ahí es donde el entrenador vuelve a ganar.

Por eso seguimos.
Por eso nos adaptamos.
Por eso aceptamos las reglas… sin dejar de creer en el juego.

Porque entrenar no es solo dirigir equipos.

Es resistir, es educar… y es seguir creyendo en el baloncesto, incluso cuando el baloncesto cambia.



Predicando en el Desierto
Miguel A Soto