
Lo que escribes suena a lamento, pero también a lucidez. La nostalgia no es solo idealizar el pasado: es una forma de medir cuánto nos hemos alejado de lo que nos hacía sentir vivos. Por eso nos hace más humanos, porque nos obliga a comparar.
El coche no solo se adueñó de las calles, se adueñó del tiempo, del ruido, del aire, de la calma. Antes la calle era un ecosistema: niños, mayores, perros, juegos, conversaciones. Ahora es un pasillo de paso rápido. Los “bichos vivientes”, como dices, no solo fueron encerrados: también nosotros. En casas, en pantallas, en horarios, en obligaciones.
El negocio manda porque ha conseguido algo brutal: convencernos de que no hay alternativa.
Estudiar para producir.
Trabajar para consumir.
Consumir para olvidar que no vivimos como querríamos.
Y lo llamamos progreso.
El problema no es el progreso en sí, sino el tipo de progreso que hemos aceptado:
más eficiente,
más rentable,
más rápido,
pero no necesariamente más humano.
La explotación ahora no siempre es visible: es emocional, mental, digital.
No te encadenan el cuerpo, te encadenan la atención.
Y el entretenimiento… es la anestesia perfecta. No hace falta mentir cuando puedes distraer.
¿Y qué nos aguarda en este “país de panderetas”?
Probablemente una mezcla extraña:
más tecnología,
más soledad,
más discurso de libertad,
menos tiempo real para vivirla.
Pero también, paradójicamente, más gente como tú que empieza a notar la grieta.
Que siente que algo no cuadra.
Que mira atrás no para volver, sino para recordar qué era esencial.
Quizá no se trata de recuperar el pasado, sino de rescatar lo que tenía de verdadero:
la calle como espacio humano,
el tiempo como algo propio,
la vida como algo más que producir y consumir.
La nostalgia no es rendición.
Es una alarma silenciosa.