*** No es nostalgia: es memoria crítica ***
En la ciudad del vino, los caballos y la pandereta, el baloncesto no nació del negocio, sino de la educación y del compromiso social.
Fueron los colegios religiosos los que sembraron la semilla: La Salle–Buen Pastor, Mundo Nuevo, San José, los Salesianos, el Pilar Marianistas, el Oratorio Festivo… centros que entendían el deporte como formación humana antes que como producto.
Incluso antes, el régimen fascista ya había utilizado el baloncesto como instrumento propagandístico a través del Frente de Juventudes de la Falange, dejando claro que el deporte siempre ha sido también territorio de poder.
Después llegaron otros clubes y equipos que compitieron con dignidad y, en muchos casos, a gran nivel: El Pilar Espléndido, La Casera, Jerez, Mundo Nuevo, Juventud Jerez, Unibasket… nombres que hoy suenan lejanos, pero que sostuvieron durante años una cultura deportiva viva, cercana y profundamente popular. Son historias pasadas, sí, pero no por ello irrelevantes.
Hoy la realidad es muy distinta. El baloncesto prácticamente ha desaparecido de los colegios religiosos, con la excepción testimonial del Pilar-Marianistas, limitado al ámbito escolar y hasta categoría cadete.
En los centros de barrios como San Mateo o Asunción, donde antes había actividad y comunidad, el silencio es casi total. La cancha ha dejado de ser un punto de encuentro.
Hubo un breve renacer cuando el PSA estuvo en el Ayuntamiento.
Las Escuelas Deportivas Municipales devolvieron la ilusión a muchos colegios nacionales y religiosos, y los “Juegos Municipales” llenaron de vida los pabellones. Aquello demostró que, con voluntad política y sentido social, el deporte puede volver a ser un servicio público real. Pero hoy eso también es pasado. Ahora las promesas preelectorales son humo… y lo que recibimos es humo.
La transformación más grave no es solo deportiva, sino moral. Apenas quedan hermanos religiosos en los centros escolares, y cuando están, muchas veces son más “escaparate” que referencia real de autoridad o compromiso.
El poder ha pasado a manos de políticos o, peor aún, de aficionados a la política. Todo se ha rebautizado como “negocio”.
Donde antes había voluntarios, hoy hay tarifas.
Donde había pasión, hoy hay facturas.
Donde había vocación, hoy hay precio.
El deporte base, que debería sostenerse sobre la entrega altruista, casi ha desaparecido como espacio de militancia social. Ya nadie “trabaja por amor al baloncesto”: se trabaja por beneficio inmediato. Y eso lo cambia todo.
Por eso esto no es nostalgia.
La nostalgia idealiza.
Esto selecciona.
Se trata de distinguir qué tenía valor y qué no lo tenía. De rescatar lo que fue auténtico:
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la educación a través del deporte,
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la calle como espacio de convivencia,
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el club como familia,
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el entrenador como educador,
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el voluntario como pilar invisible.
No todo pasado fue mejor, pero no todo presente es progreso. No todo vale. No todo es tocar la pandereta.
Y menos mal que todavía quedan algunos “descamisados”, algunos antisistema, personas que no aceptan que todo sea mercancía, que siguen creyendo en el valor humano por encima del beneficio económico.
Porque sin ellos, la servidumbre moderna sería absoluta. La esclavitud que necesita la IA para expandirse sin límites no sería un proyecto a largo plazo, sino cuestión de días.
No es romanticismo.
Es resistencia cultural.
Es memoria con criterio.
Predicando en el Desierto
Miguel A Soto




