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*** La fiesta de Jordan; ayer cumplió 63 años, pero un día ¡hizo 63! ***


El 20 de abril de 1986, en el viejo Boston Garden, Michael Jordan firmó la que para muchos fue su verdadera presentación en sociedad. Tenía 23 años, venía de perderse 64 partidos por una fractura en el pie y jugaba con restricción de minutos en unos Chicago Bulls que apenas habían entrado a playoffs con récord negativo. Aquella noche, ante los poderosos Celtics campeones, anotó 63 puntos y estableció una marca histórica de postemporada que, cuatro décadas después, sigue intacta.

El contexto agranda la hazaña. Enfrente estaban los Boston Celtics de 1986, uno de los equipos más dominantes de todos los tiempos: 67 victorias en temporada regular y un demoledor 40-1 como locales. 

Su columna vertebral —Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish y Bill Walton— acumulaba talento, experiencia y físico en la pintura. Y aun así, Jordan los desarmó con 22 de 41 tiros de campo y 19 de 21 en libres, en 53 minutos de una batalla que necesitó doble prórroga.

Fue Bird quien dejó la frase inmortal después del 135-131 final: “Fue Dios disfrazado de Michael Jordan”. No era una exageración poética. Jordan atacó a Dennis Johnson, penetró entre ayudas, flotó ante los gigantes y convirtió tiros imposibles una y otra vez. Anotó 18 puntos solo en el último cuarto, forzó el tiempo extra con libres cuando aún no existían tres tiros por falta en triples y llevó a un equipo claramente inferior al límite ante una máquina casi perfecta.

Lo asombroso no fue solo la cifra, sino la naturalidad. Los Celtics lo cargaron con ayudas, lo empujaron hacia las esquinas, le cambiaron marcas y lo golpearon en cada penetración. Nada alcanzó. Jordan parecía anticipar cada movimiento, como si supiera antes que los demás dónde estaría el espacio. La serie terminó 3-0 para Boston y el tercer partido fue un trámite. Pero la historia ya estaba escrita. Aquellos 63 puntos no evitaron la eliminación, aunque sí marcaron el inicio simbólico de una era.

Ayer, 17 de febrero de 2026, Jordan cumplió 63 años. La coincidencia numérica funciona como guiño del destino: el número que define su leyenda en playoffs coincide con su edad. Aquella noche en Boston no ganó el partido, pero ganó algo más duradero: el reconocimiento unánime de que estaba destinado a cambiar la historia. Y lo hizo.