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*** No ganan los mejores: ganan los que pueden ficharlos ***

 
En teoría, el deporte base debería ser el territorio más puro de la competición. El lugar donde el talento, el trabajo y la ilusión marcan la diferencia. 

Pero cuando uno observa ciertas competiciones infantiles del baloncesto español, la pregunta se vuelve incómoda: ¿realmente ganan los mejores… o ganan los que pueden permitirse ficharlos?

Mientras algunos clubes sobreviven con cuotas de padres, rifas y voluntariado, otros operan con estructuras profesionales: scouting internacional, residencias, preparadores físicos y capacidad para incorporar talento precoz de cualquier parte del mundo

El resultado no es solo una diferencia de nivel; es una diferencia de punto de partida. Y cuando el punto de partida es desigual, el discurso meritocrático empieza a tambalearse.

No se trata de cuestionar a los chicos —ellos no tienen la culpa de medir dos metros a los 13 años ni de haber sido captados por un gran club—. Se trata de preguntarnos qué modelo queremos para el baloncesto formativo: 

¿uno que reproduzca la lógica del mercado profesional desde la infancia o uno que priorice el desarrollo equilibrado y la igualdad competitiva? 

Porque si el minibasket se convierte en una carrera de fichajes, quizá el marcador final no esté diciendo toda la verdad.



Predicando en el Desierto
Miguel A Soto