GIF LOCALES

*** Todo por la pasta: el All-Star de la NBA y el arte de esconder la excelencia ***

La NBA no ha matado el concurso de mates. Ni el de triples. Ha hecho algo peor: los ha vaciado de sentido.

Primero fue Mac McClung. Demasiado bueno. Demasiado constante. Demasiado incómodo para el relato. Un jugador sin estatus de estrella que ganaba —una y otra vez— el concurso que supuestamente celebra a los mejores atletas del mundo. 

Resultado: silencio, desgaste, desaparición progresiva del foco. 

El mensaje fue claro aunque nadie lo dijera: ganar no basta si no vendes.

Ahora el patrón se repite con el concurso de triples. Tiradores de élite, contrastados, con números sostenidos y dificultad real —como Trey Murphy III— se quedan fuera. No porque no tiren mejor. No porque no lo merezcan. Sino porque no encajan en el escaparate.

Y ahí está el problema.

El All-Star ya no premia la excelencia. Premia la conveniencia.

La NBA juega a seleccionar quién puede brillar y quién no, no por lo que hace en la pista, sino por lo que genera fuera de ella. Mercados, narrativas, contratos, imagen, storytelling. Baloncesto… cuando conviene.

No es una conspiración. Es negocio. Pero que algo sea negocio no lo hace respetable.

Durante décadas, el All-Star funcionó porque el espectáculo lo daban los mejores jugadores del mundo. Michael Jordan competía en mates no porque lo necesitara, sino porque entendía que la grandeza también se demuestra exponiéndose. Vince Carter convirtió un concurso en un momento histórico porque quiso hacerlo. Nadie les protegió del ridículo. Nadie les dosificó.

Hoy, en cambio, las grandes estrellas se esconden tras el argumento del “show”, mientras la liga decide quién es útil para ese show y quién estorba.

La paradoja es cruel:

cuando alguien gana demasiado —como McClung— molesta.
cuando alguien tira demasiado bien —como Murphy— no interesa.

El mensaje implícito es devastador: no queremos al mejor, queremos al más rentable.

Y así el All-Star deja de ser una celebración del baloncesto para convertirse en un producto de marketing con forma de baloncesto. Un evento donde la competencia real estorba y donde el mérito ya no garantiza el escenario.

La NBA sigue ganando dinero, . Pero pierde algo más difícil de recuperar: credibilidad.

Porque cuando el público empieza a preguntarse si los concursos están diseñados para coronar al mejor o para proteger un relato, el espectáculo deja de ser magia y pasa a ser truco.

Y los trucos, por muy bien iluminados que estén, siempre acaban viéndose. 





Predicando en el Desierto
Miguel A Soto