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*** Hakeem Olajuwon explica cómo el baloncesto lo encontró al final con 16 años ***

Kevin Durant y Hakeem Olajuwon analizan el improbable viaje del miembro del Salón de la Fama desde Nigeria hasta la NBA, y cómo la defensa se convirtió en su base.



Lo primero que deja claro Hakeem Olajuwon es que el baloncesto nunca fue el plan.

En el último episodio de Boardroom Talks ,Olajuwon se sienta frente a Kevin Durant y relata su viaje de regreso a Nigeria, donde la ambición tenía una definición mucho más limitada. 

La educación era lo primero; los deportes, especialmente el baloncesto, apenas se tenían en cuenta. El fútbol lo dominaba todo, e incluso entonces, se consideraba menos un sueño y más un campo de pruebas.

El baloncesto no entró en la vida de Olajuwon hasta su último año de instituto. Ya tenía 16 años, una edad en la que la mayoría de los futuros profesionales tienen años de experiencia, y el deporte acababa de incorporarse a su escuela. 

Para entonces, medía 2,05 metros, y cuando un entrenador visitó el campus, Olajuwon dice que en el momento en que se puso de pie, la decisión estaba tomada. Era imponente, imposible de ignorar. En Nigeria, esa altura lo había convertido en un objetivo. Defenderse se convirtió en un instinto, y esa agudeza definiría más tarde su juego.

Cuando Olajuwon llegó a Houston y empezó a jugar al baloncesto en serio, no era un anotador ni un técnico; era un defensor. 




Durant escucha a Olajuwon explicar cómo su experiencia futbolística, especialmente jugando de portero, lo moldeó todo. Proteger la portería. Anticipar el ángulo. Calcular el salto. Para él, el baloncesto se convirtió en una extensión de la misma responsabilidad. Los tiros eran ataques, y el aro era sagrado.

Bloquear tiros, explica Olajuwon, nunca se trató de saltar más alto que los demás. Se trataba de ver la jugada un paso por delante: leer el pase antes de que ocurriera, anticipando al siguiente cuerpo en movimiento. Cuando Durant interrumpe, señalando una línea de pase invisible entre ellos, Olajuwon sonríe y asiente. La defensa no era un caos; era una coreografía.

Lo que surge de la conversación no es un desglose de elogios ni campeonatos, sino un retrato de cómo se forman los instintos. Cómo crecer en un deporte diferente, en un país diferente, con diferentes presiones, puede crear algo completamente nuevo. Olajuwon no se enamoró del baloncesto de niño. Llegó tarde, inexperto y con mentalidad defensiva.

Y en ese retraso, en esa resistencia, construyó una de las carreras más singulares que el juego haya visto jamás.