*** JEREZ Años 40/50: Los años del hambre ***








Jerez, los años del hambre

La memoria de una ciudad que sufrió la posguerra, el hambre y la necesidad

Hay cosas de las que durante muchos años no ha gustado hablar.

La posguerra fue una de ellas.

Hablar de aquellos años significa hablar de hambre, de cartillas de racionamiento, de escasez, de estraperlo, de enfermedades, de niños mal alimentados y también de miedo y represión.

Pero si queremos conocer cómo fue realmente aquel Jerez de los años cuarenta y cincuenta, no podemos quedarnos solamente con las fotografías oficiales, las fiestas, las visitas de las autoridades, los toros o las celebraciones.

También hay que hablar de quienes no tenían qué llevarse a la boca.

Porque aquella fue la realidad de muchas familias.

La historiografía ha documentado que la España de los años cuarenta sufrió una auténtica crisis alimentaria, agravada por la política autárquica del régimen franquista, el racionamiento y el mercado negro. Los años más duros se concentraron especialmente entre 1941 y 1944 y volvieron a ser muy graves en 1946. Andalucía estuvo entre las regiones más afectadas.

Y Jerez no fue una excepción.

Al contrario.

Hay testimonios de la época que hablan de una ciudad donde la miseria era visible y donde conseguir algo tan elemental como el pan podía convertirse en una cuestión de supervivencia. Un recuerdo publicado por Diario de Jerez cuenta cómo, en los primeros años cuarenta, algunas personas llegaban incluso a rebuscar en los cubos de basura para encontrar restos con los que preparar una comida. 

En 1948, con el racionamiento todavía vigente, conseguir aumentar mínimamente la ración de pan podía ser cuestión de vida o muerte.

La cola del hambre

Había niños de unos doce años y tenían que ponerse en una cola para conseguir un plato de comida.

Iban con un cacharro en la mano.

La cola era en «la Popular», en la calle Francos, como se recuerda.

Esperaba su turno y volvía a casa con aquel plato de comida.

Y no era el único.

«Como yo, muchos jerezanos», me dijo un testimonio.

Aquellas colas formaban parte de la vida de una ciudad en la que había familias que no podían garantizar siquiera la comida diaria de sus hijos.

En Jerez existieron comedores y servicios asistenciales destinados a atender a personas necesitadas. El Auxilio Social abrió en la ciudad uno de sus primeros comedores ya en enero de 1937, y posteriormente continuaron funcionando distintos centros asistenciales.

Pero detrás de las instituciones había miles de historias particulares.

Niños esperando.

Madres haciendo lo imposible.

Padres buscando trabajo.

Familias contando los alimentos.

Y una palabra que resume aquellos años:

hambre.

Un país de cartillas y escasez

La cartilla de racionamiento era entonces parte de la vida cotidiana.

El Estado controlaba la distribución de muchos productos básicos y las cantidades asignadas eran insuficientes para cubrir las necesidades alimentarias de muchas familias.

El resultado fue una economía paralela de estraperlo y mercado negro.

Quien tenía dinero podía conseguir alimentos.

Quien tenía contactos también.

Quien no tenía ni dinero ni contactos tenía que esperar.

Esperar en una cola.

Esperar el reparto.

Esperar que llegara el pan.

Esperar que hubiera algo para llevar a casa.

Y mientras tanto, la desnutrición provocaba enfermedades y agravaba otras. En Jerez, por ejemplo, está documentado el impacto del tifus exantemático en 1941-1942 y la relación entre las pésimas condiciones de vida, la alimentación deficiente y las enfermedades de la época.

Del hambre a la abundancia

Hubo quienes quedaron marcados por la guerra, por la represión, por la pérdida de familiares o por la pobreza.

Y hubo también quienes, gracias a un empleo estable en una bodega, una empresa o un banco, pudieron comenzar antes a salir de aquella situación.

Pero la experiencia de una generación fue común en algo fundamental:

habían aprendido lo que significaba no tener comida.

Por eso, cuando años después llegaron los tiempos de mayor prosperidad, muchas de aquellas personas no entendían el desperdicio.

Se guardaba todo.

Se aprovechaba todo.

Se compraba pensando en mañana.

Y se valoraba enormemente tener una casa, un trabajo y una mesa llena.

El Jerez que casi no se cuenta

Cuando pensamos en el Jerez de aquellos años solemos recordar otras imágenes.

Las bodegas.

Los grandes edificios.

Los caballos.

Los toros.

La Feria.

El vino.

Las fiestas.

Los personajes importantes.

Pero debajo de todo aquello había otra ciudad.

La ciudad de las familias que hacían cola.

La de los niños que iban con un cacharro a buscar un plato de comida.

La de las madres que estiraban una comida hasta donde podían.

La de los trabajadores que cobraban poco y tenían que alimentar a familias numerosas.

La de quienes enfermaron por falta de alimentación adecuada.

Y también la de quienes sufrieron la represión y aprendieron a callar.

Era un Jerez mucho más pobre de lo que hoy podemos imaginar.

Y después empezó a cambiar

Durante los años cincuenta y, sobre todo, posteriormente, la situación comenzó lentamente a mejorar.

Llegaron nuevas oportunidades.

El empleo estable adquirió un valor enorme.

Las grandes bodegas comenzaron a proporcionar a muchos de sus trabajadores unas condiciones que para una familia humilde suponían una auténtica seguridad: vivienda, economato, educación para los hijos y otros beneficios.

Eso nos lleva directamente al Jerez de los años sesenta y setenta.

El Jerez de los tabancos.

El Jerez de las grandes bodegas.

El Jerez de las barriadas obreras.

El Jerez de los llamados «gallos ingleses».

El Jerez que vivía alrededor del vino.

Pero para entender cómo se llegó allí hay que recordar primero de dónde venían aquellas familias.

Muchas habían conocido el hambre.

Y algunas habían perdido incluso a sus hijos.

La memoria no debe esconder lo incómodo

No se trata de reabrir heridas.

Tampoco de utilizar el pasado para convertirlo en una discusión política interminable.

Se trata sencillamente de recordar.

Porque una ciudad no está formada solamente por sus monumentos.

También está formada por las vidas de sus habitantes.

Por las casas en las que vivieron.

Por las colas que hicieron.

Por los trabajos que desempeñaron.

Por las comidas que pudieron o no pudieron poner en la mesa.

Por los niños que crecieron.

Y, tristemente, también por los que no llegaron a crecer.

Quizá por eso recordar los años del hambre no sea solamente hablar de política, de estadísticas o de historia.

Es hablar de una ciudad entera que, poco a poco, consiguió salir de aquellos años.

Ese también fue Jerez.

Y si queremos conocer la ciudad que fuimos, tenemos la obligación de recordar tanto sus buenos momentos como aquellos de los que durante demasiado tiempo casi nadie quiso hablar.