Un piso, siete hermanos y una bodega

 

Para comprender lo que significaba trabajar en una gran bodega jerezana no basta con hablar de salarios o convenios colectivos. Hay que entrar en las casas de aquellas familias.

Mi padre trabajó durante más de cuarenta años en Pedro Domecq. A finales de los años cincuenta o comienzos de los sesenta, nuestra familia recibió una vivienda en La Constancia.

Tenía 86 metros cuadrados, cuatro habitaciones, salón, cocina y cuarto de baño.

Éramos siete hermanos.

Aquella vivienda no era un lujo, pero para una familia de aquella época representaba algo fundamental: tener un hogar digno y estable.

La renta era de 130 pesetas al mes y se mantuvo durante décadas. Finalmente, después de unos cuarenta años, aquella vivienda pasó a ser propiedad de la familia.

Hoy puede resultar difícil imaginar lo que aquello significaba.

Pero todavía resulta más revelador recordar cómo funcionaba el resto de aquella relación entre la empresa y sus trabajadores.

Todas las semanas llegaba a casa el trabajador del economato con la compra que mi padre había encargado. Alimentos y productos básicos que después se descontaban del sueldo. El coste era pequeño y permitía a una familia numerosa disponer de buena parte de lo necesario para vivir sin tener que afrontar de golpe el gasto de toda la compra.

Y estaba también la educación.

Los hijos de los trabajadores podían estudiar en los colegios de La Salle sin que la familia tuviera que pagar los gastos que hoy asociamos a la escolarización: ni libros ni determinados costes educativos. La empresa asumía esos gastos.

Para una familia con siete hijos aquello suponía una ayuda enorme.

No se trataba solamente del salario.

La empresa estaba presente en la vivienda, en la alimentación y en la educación de los hijos.

Y llegaban las Navidades.

La bodega no se limitaba a entregar vino a sus trabajadores. Organizaba también un almuerzo para los empleados y una gran tómbola, en la que se sorteaban numerosos regalos.

Para los niños aquello debía de ser algo extraordinario.

Hoy podemos contemplar aquel sistema desde otra perspectiva y llamarlo, como efectivamente corresponde, paternalismo empresarial.

La empresa proporcionaba beneficios y servicios que reforzaban enormemente la fidelidad del trabajador y la dependencia respecto de la compañía. No era un modelo de relaciones laborales como el que conocemos actualmente.

Pero tampoco podemos olvidar lo que significaba para las familias.

Un trabajador de una gran bodega tenía un empleo estable, un salario considerado bueno para la época, una vivienda, economato, ayudas para la educación de sus hijos y determinados beneficios sociales.

Por eso en aquel Jerez se decía que trabajar en una bodega o en un banco era un privilegio.

No era únicamente tener un buen sueldo.

Era tener una seguridad que muchas otras familias no tenían.

Y quizá esa sea una de las grandes diferencias entre aquel Jerez y el actual.

Hoy hablamos de salario, vivienda, educación y conciliación como cuestiones independientes.

Entonces, para muchas familias de trabajadores de las grandes bodegas, todo formaba parte de una misma relación con la empresa.

El trabajador entregaba buena parte de su vida a la bodega.

Y la bodega, a cambio, estaba presente en buena parte de la vida del trabajador y de su familia.

Mi padre estuvo allí más de cuarenta años.

Y aquella casa de La Constancia, en la que crecimos siete hermanos, es quizá la mejor manera de entender lo que significó aquel mundo.

**No era solamente un piso de 86 metros cuadrados. Era el hogar que una bodega hizo posible para una familia entera.**