*** EL MAGO Y EL AMERICANO ***

Carmelo Cabrera y Nate Davis: la pareja que enseñó a volar al baloncesto español.

Antes de que el alley-oop se convirtiera en una jugada habitual, hubo jugadores que tuvieron que imaginarlo primero. 

A finales de los años 70, dos hombres procedentes de mundos muy distintos encontraron una manera de hablar el mismo idioma sobre una cancha. Uno era canario, español y tenía una imaginación extraordinaria para pasar el balón. El otro había llegado de Estados Unidos con un físico y una capacidad atlética que parecían pertenecer a otra época. 

Juntos protagonizaron algunas de las imágenes más espectaculares del baloncesto español de aquellos años y ayudaron a demostrar que el juego podía ser algo más que sistemas, tácticas y resultados.

Podía ser también imaginación, espectáculo y libertad.



















 EL MAGO Y EL AMERICANO

Cuando Canarias revolucionó el baloncesto español

Hubo un tiempo en el que el baloncesto español se jugaba en blanco y negro.

No porque las canchas fueran grises, sino porque el juego estaba lleno de normas no escritas: había que jugar ordenado, respetar las posiciones, ejecutar los sistemas y, sobre todo, no salirse demasiado del guion.

Hasta que apareció un canario que parecía haber aprendido otro deporte.

Se llamaba Carmelo Cabrera.

Y durante unos años, un estadounidense llamado Nate Davis encontró en él al compañero perfecto para convertir aquella manera diferente de entender el baloncesto en espectáculo.

EL MAGO

Carmelo Cabrera nació en Las Palmas de Gran Canaria y comenzó a desarrollar su particular manera de jugar mucho antes de convertirse en una estrella.

Autodidacta, imaginativo y con una extraordinaria capacidad para pasar el balón, Cabrera entendía la cancha como un espacio para crear.

La ACB lo describiría años después como un jugador de estilo único e inimitable, un auténtico “mago” del baloncesto.

Su talento llamó pronto la atención.

En 1968, con apenas 18 años, llegó al Real Madrid. Lo que inicialmente parecía el fichaje de una joven promesa terminó convirtiéndose en la llegada de uno de los bases más singulares de la historia del baloncesto español.

En el Madrid coincidió con una generación extraordinaria y participó en una de las épocas de mayor dominio del club.

Ganó 10 Ligas, 7 Copas y 2 Copas de Europa, además de convertirse en internacional con España. Con la selección disputó 102 partidos y formó parte del equipo que consiguió la histórica plata en el Eurobasket de 1973.

Pero sus estadísticas cuentan solamente una parte de la historia.

Porque Cabrera no fue recordado únicamente por ganar.

Fue recordado por cómo jugaba.

UN BALÓN Y UNA IDEA

Cabrera pertenecía a una generación que empezó a entender que el baloncesto podía ser también espectáculo.

Pases imposibles.

Pases sin mirar.

Cambios de ritmo.

Asistencias que parecían aparecer de la nada.

Su estilo era tan particular que acabaría recibiendo otro sobrenombre: “El Globetrotter Blanco”.

Y entonces llegó Nate Davis.



EL AMERICANO

Davis era diferente.

Había nacido en Estados Unidos y llegó al baloncesto español con unas condiciones atléticas extraordinarias.

Saltaba.

Corría.

Volaba.

Y anotaba.

Mucho.

Durante su etapa en Valladolid llegó a promediar alrededor de 30 puntos por partido, en una época en la que todavía ni siquiera existía la línea de tres puntos. Llegó incluso a anotar 55 puntos contra el poderoso Real Madrid.

Pero Davis necesitaba a alguien que entendiera lo que podía hacer en el aire.

Y encontró a Cabrera.

DOS IDIOMAS, UN MISMO BALÓN

La historia que ambos han contado muchos años después resulta casi cinematográfica.

Cabrera no necesitaba explicarle a Davis dónde quería recibir el balón.

Davis tampoco necesitaba explicarle dónde iba a saltar.

Una mirada bastaba.

Cabrera ponía el balón.

Davis aparecía.

Y entonces ocurría algo que en España todavía no era habitual:

el balón volaba por encima del aro y Davis lo machacaba antes de que sus defensores pudieran reaccionar.

Habían nacido sus famosos alley-oops.

El propio Cabrera explicaría posteriormente que entre ambos se estableció un lenguaje prácticamente universal: una mirada, una señal y el balón encontraba a Davis en el aire.

Era una combinación perfecta.

El cerebro y el atleta.

La imaginación y la potencia.

El pase y el vuelo.

El Mago y el Americano.

EL PROBLEMA ERA QUE AQUELLO CASI NO EXISTÍA

Hoy un alley-oop forma parte del vocabulario normal del baloncesto.

Entonces era otra historia.

El baloncesto español de finales de los 70 todavía no estaba acostumbrado a semejante espectáculo.

De hecho, el reglamento hacía que determinadas acciones por encima del aro fueran mucho más difíciles de ejecutar que en el baloncesto moderno.

Cabrera y Davis decidieron desafiar esa lógica.

Según el relato publicado por SuperBasket Canarias, sus acciones llegaron a llamar tanto la atención que incluso la FIBA estudió el asunto y el posible cambio de determinadas normas.

No estaban simplemente haciendo jugadas bonitas.

Estaban mostrando que el deporte podía jugarse de otra manera.

VALLADOLID FUE EL ESCENARIO

El encuentro se produjo en el Miñón Valladolid, donde Cabrera llegó después de abandonar el Real Madrid.

Allí coincidió durante dos temporadas con Davis: 1979-80 y 1980-81.

Y Valladolid se convirtió en uno de los escenarios donde aquella revolución pudo verse en directo.

Los aficionados empezaron a acudir a la cancha no solamente para conocer el resultado.

Querían ver qué iban a inventar Cabrera y Davis.

Era un baloncesto que tenía algo de competición y algo de espectáculo.

Un baloncesto que recordaba, en cierto modo, al espíritu de los Harlem Globetrotters, una referencia que ambos jugadores evocaron al hablar de aquella etapa.

Y ENTONCES ESPAÑA CAMBIÓ

Quizá sea exagerado decir que dos jugadores revolucionaron por sí solos el baloncesto español.

Pero sí es justo afirmar que formaron parte de una transformación.

El baloncesto comenzaba a convertirse en un espectáculo de masas.

Los jugadores extranjeros aportaban nuevas formas de jugar.

Los españoles aprendían de ellos.

Y jugadores como Cabrera demostraban que un base no tenía por qué limitarse a dirigir.

También podía crear.

Cabrera no imitaba simplemente al baloncesto estadounidense.

Lo reinterpretaba.

Lo llevaba a su propio terreno.

Y eso es precisamente lo que hace interesante su historia.

DE MADRID A CANARIAS

Después de Valladolid, Cabrera regresó a Canarias.

En el CB Canarias de La Laguna encontró el escenario perfecto para cerrar su carrera.

Allí siguió siendo protagonista durante sus últimos años como profesional y ayudó a construir una de las etapas más importantes de la historia del club.

En las temporadas 1983-84 y 1984-85 llegó a registrar 97 asistencias en cada una, una cifra que demuestra que, incluso cuando su carrera se acercaba al final, aquella visión de juego seguía intacta.

Se retiró en 1988.

Pero su manera de entender el baloncesto no desapareció con él.

MUCHO MÁS QUE DOS JUGADORES

La historia de Cabrera y Davis también puede leerse desde otra perspectiva.

Davis era un jugador negro estadounidense que llegó a una España que todavía estaba cambiando profundamente.

Cabrera era un canario que había triunfado en el Real Madrid y en la selección española.

Los dos procedían de mundos diferentes.

Pero cuando estaban en la cancha no necesitaban explicar sus diferencias.

Se entendían con un balón.

Y quizá ahí reside la verdadera belleza de esta historia.

No fue una revolución política.

No fue una revolución organizada.

Fue algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más poderoso:

dos jugadores descubrieron que podían hacer algo que nadie más estaba haciendo.

Y la gente quiso verlo.

EL LEGADO

Carmelo Cabrera fue uno de los primeros grandes bases españoles capaces de convertir la creatividad en una virtud competitiva.

Nate Davis demostró que un jugador estadounidense podía llegar a España y convertirse no solamente en una estrella extranjera, sino en parte de la identidad de un equipo y de una ciudad.

Juntos dejaron imágenes que todavía forman parte de la memoria del baloncesto español.

Cabrera miraba.

Davis esperaba.

El balón salía de las manos del canario.

Y durante un instante parecía quedarse suspendido en el aire.

Después aparecía Davis.

Y el pabellón estallaba.

Quizá por eso, décadas después, todavía resulta difícil explicar aquella pareja únicamente con estadísticas.

Porque Carmelo Cabrera y Nate Davis no solamente jugaban al baloncesto.

Lo imaginaban.

Y durante un breve periodo de tiempo, en las canchas españolas, consiguieron que todos los demás lo imaginaran con ellos.

EL MAGO Y EL AMERICANO.

Una historia de baloncesto.

Una historia de Canarias.

Y, sobre todo, una historia sobre lo que ocurre cuando dos jugadores deciden que las reglas del juego no tienen por qué limitar la imaginación.