*** ¿Qué perdemos al hacernos mayores? : Una reflexión desde el baloncesto ***

En mi larga trayectoria como entrenador de baloncesto no profesional he dirigido equipos infantiles, cadetes, júnior y sénior. Y puedo decir, con la experiencia que dan los años, que los chavales suelen ser muy nobles: defienden a su entrenador y lo apoyan cuando lo necesita. Al menos, esa ha sido siempre mi experiencia. 


Como ejemplo, recuerdo uno de los primeros equipos juveniles que entrené en el Colegio Mundo Nuevo y, años más tarde, un equipo cadete.

A comienzos de los años setenta, el club más importante de la ciudad me propuso incorporarme a su estructura para entrenar a sus equipos. Les respondí que no, porque me encontraba muy a gusto en el colegio y para mí el baloncesto era una afición; entrenaba sin cobrar absolutamente nada. Su respuesta fue: «Pues entonces te vamos a quitar a los jugadores».

Se lo conté al equipo y les dije que quien quisiera marcharse a ese club tenía toda la libertad para hacerlo, pero que yo seguiría entrenando en el colegio. No se fue ninguno. Todos decidieron quedarse, fueron campeones provinciales y algunos, años después, volvieron a jugar conmigo en categoría sénior a nivel nacional.

En otra etapa, mientras entrenaba en la cantera del Colegio Marianistas, después de cuatro años trabajando de forma totalmente altruista, el centro me comunicó que ya no necesitaban mis servicios. Habían decidido empezar a cobrar cuotas a los chavales que jugaban al baloncesto para financiar el arreglo de los campos de fútbol, el deporte principal del colegio.

Mientras yo fui el responsable del baloncesto, aquello no era posible, ya que funcionábamos como Escuelas Deportivas Municipales y el Ayuntamiento, con muy buen criterio, prohibía cobrar cuotas a los jugadores de cantera. Ni mis monitores ni yo percibíamos remuneración alguna. Todos pertenecíamos al Club Juventud-Jerez, una entidad que, desde su fundación, nunca cobró cuotas, camisetas ni desplazamientos a sus jugadores. Tampoco nadie cobraba por entrenar o por jugar.

Cuando tuve que marcharme, les expliqué la situación a mis jugadores cadetes y les dije que, si lo deseaban, podían seguir jugando conmigo en el Club Juventud-Jerez. Se vinieron todos. Y eso que el colegio los sancionó impidiéndoles participar en la Olimpiada Marianista de ámbito nacional. Al año siguiente se proclamaron campeones provinciales de la categoría B.

Sin embargo, mi experiencia me dice que en categoría sénior las cosas cambian. Da la impresión de que, a medida que nos hacemos mayores, vamos perdiendo parte de esa nobleza. Aparecen con más frecuencia el egoísmo, la competitividad mal entendida, la falta de sinceridad e incluso determinadas conductas poco saludables para un equipo.

Y eso me lleva a hacerme una pregunta: 

¿es la sociedad, con su creciente individualismo y afán competitivo, la que nos va moldeando de esta manera, o existe también una explicación relacionada con la propia evolución de nuestro cerebro?




Predicando en el Desierto
Miguel A Soto