*** El negocio del baloncesto deja víctimas: más no es mejor ***
Hemos confundido competir con desarrollarse. Hay niños que juegan torneo tras torneo, fin de semana tras fin de semana, viajan constantemente y acumulan partidos, pero ¿cuánto tiempo tienen realmente para mejorar su técnica individual, aprender a tomar decisiones, comprender el juego, trabajar su condición física y, sencillamente, disfrutar?
Más partidos no significan necesariamente mejores jugadores.Un partido muestra lo que un jugador sabe hacer; el entrenamiento es donde aprende aquello que todavía no sabe hacer. Sin tiempo para practicar, corregir errores, repetir fundamentos y recibir una enseñanza de calidad, la competición puede terminar convirtiéndose en una exposición permanente de las mismas carencias.
Y aquí aparece otra cuestión incómoda: el baloncesto formativo se está convirtiendo cada vez más en un producto. Más torneos, más viajes, más equipos, más categorías, más cuotas, más eventos… y la sensación de que si un niño no está compitiendo constantemente se está quedando atrás.
El resultado puede ser paradójico: niños con muchas horas de baloncesto, pero no necesariamente con una mejor formación.
La propia NBA y USA Basketball recomiendan limitar la densidad competitiva, respetar los días de descanso y evitar que la competición temprana tenga más peso que el desarrollo a largo plazo. La literatura científica asociada a estas recomendaciones también relaciona la excesiva presión competitiva y la alta frecuencia de eventos con un mayor riesgo de lesiones, agotamiento y abandono deportivo.
Quizá deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla: estamos formando jugadores o estamos llenando calendarios?
Porque un buen proyecto de baloncesto de formación no debería medirse por cuántos partidos juega un niño, cuántos torneos gana o cuántos kilómetros hace durante una temporada.
Debería medirse por cuánto ha mejorado.
Más no es mejor. Mejor es mejor.



