*** El baloncesto como marioneta: ¿Vivimos del baloncesto... o de la ilusión del baloncesto? ***
Si el baloncesto dependiera exclusivamente de sus propios ingresos, probablemente el número de clubes, equipos y categorías sería bastante menor. Las subvenciones y el apoyo de las administraciones han permitido mantener durante décadas una red deportiva muy amplia.
Ese respaldo cumple una evidente función social, educativa y de promoción de la actividad física. Sin embargo, también existe una lectura política difícil de ignorar. Las inversiones públicas en el deporte suelen generar visibilidad institucional y un retorno en términos de imagen para quienes las impulsan.
Como ocurre con otras políticas públicas, hay quienes consideran que estas decisiones responden no solo al interés general, sino también a incentivos electorales y a la búsqueda de respaldo ciudadano. Ese debate forma parte de una cuestión más amplia: hasta qué punto el gasto público se guía exclusivamente por criterios de utilidad social o también por el rédito político que puede generar.
A ello se suma otra cuestión. En la élite, el éxito deportivo depende cada vez más de la capacidad para fichar talento formado fuera de nuestras fronteras. La Liga ACB lleva años contando con una presencia muy elevada de jugadores extranjeros y comunitarios, mientras que en categorías inferiores los clubes con mayores recursos recurren también a jugadores de fuera para aumentar su competitividad cuando la normativa lo permite.
Nadie discute que esos jugadores elevan el nivel de las competiciones. El problema aparece cuando el objetivo de ganar hoy termina pesando más que el de formar a los jugadores de mañana. Si un club obtiene mejores resultados incorporando talento ya desarrollado en otros países, el incentivo para invertir durante años en la cantera disminuye.
El resultado es un modelo que invita a la reflexión. Se presume de una gran cantera nacional, pero muchos de los protagonistas de las principales competiciones no se han formado en ella. Se presume de una liga fuerte, aunque una parte importante de su atractivo depende del talento importado. Y se presume de un sistema autosuficiente cuando, en realidad, una parte de su estructura necesita apoyo público para mantenerse.
La globalización del deporte ha convertido el talento en un mercado internacional. Los mejores jugadores viajan allí donde encuentran mejores contratos y mayor nivel competitivo. Es una dinámica lógica. La cuestión es si el baloncesto español ha encontrado el equilibrio entre competir, formar y ser económicamente sostenible.
Porque una cosa es enriquecer una competición con talento internacional y otra muy distinta depender de él para mantener el nivel. Del mismo modo, una cosa es apoyar el deporte por su valor social y otra convertir esas ayudas en un pilar permanente sin preguntarse por la viabilidad del modelo.
Quizá haya llegado el momento de dejar de medir el éxito por el número de licencias, de clubes o de categorías. La verdadera pregunta debería ser otra:
¿estamos formando más y mejores jugadores nacionales o simplemente sosteniendo una estructura cada vez más grande, más cara y más dependiente de recursos externos?
En el deporte profesional, como en tantos otros ámbitos, el dinero suele marcar el rumbo. Las reglas cambian, los calendarios se adaptan, los fichajes responden al mercado y el espectáculo se convierte en un producto. Todo ello es legítimo, siempre que no confundamos el marketing con la realidad.
Porque una estructura mayor no siempre significa una estructura mejor. Y un deporte con más equipos no necesariamente produce más talento. A veces, la cantidad genera la ilusión del éxito; la calidad, en cambio, exige tiempo, planificación y una sostenibilidad que no siempre aparece en los titulares.
Predicando en el Desierto
Miguel A Soto
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