*** Cuando la apariencia sustituye al trabajo ***
Para muchos jóvenes, el objetivo parece haber cambiado. Importa más la foto del instante que las horas que hay detrás de ella. Ganar y ganar, aunque el rival sea de “cartón”; conseguir el resultado, aunque el nivel de exigencia sea mínimo; publicar, compartir y mostrar... todo rápido y, si es posible, sin demasiado esfuerzo.
Y aquí aparece una contradicción preocupante: queremos resultados extraordinarios siguiendo caminos cada vez más ordinarios.
El baloncesto, sin embargo, no entiende de atajos.
Un buen tiro necesita cientos de repeticiones. Un buen manejo de balón necesita miles. Defender bien exige aprender a sufrir, equivocarse y volver a intentarlo. Y comprender realmente el juego requiere tiempo, paciencia y muchas horas viendo, pensando y jugando.
Pero vivimos en una época en la que lo inmediato tiene más valor que lo profundo. La imagen de lo que parece ser ha empezado a tener más importancia que la realidad de lo que somos capaces de hacer.
Y quizá ese sea uno de los grandes problemas de nuestro baloncesto de formación: estamos enseñando a los chicos a competir antes de enseñarles a jugar; a ganar antes de aprender; a mostrar antes que a trabajar.
Porque una victoria contra un rival inferior puede llenar una estadística.
Una foto puede llenar una red social.
Pero ninguna de las dos cosas convierte por sí sola a un jugador en mejor jugador.
Lo que realmente transforma a un jugador es aquello que casi nunca se ve:
la repetición, el esfuerzo, la frustración, el entrenamiento cuando nadie mira y la voluntad de volver mañana para hacerlo un poco mejor que hoy.
Lo irreal puede mandar en las redes.
Pero cuando el balón está en el aire, la realidad siempre termina apareciendo.
Predicando en el Desierto
Miguel A Soto

