*** ¿De verdad queremos jóvenes saludables? : menos palabras, más alternativas ***

Los fines de semana, cuando los chavales tienen más tiempo para disfrutar, hacer deporte y relacionarse, nos encontramos con centros escolares cerrados, patios y pistas deportivas sin actividad y, en muchas ciudades, instalaciones municipales reservadas principalmente para clubes federados o para quienes pueden permitirse pagar un alquiler.

Y después nos quejamos de que los jóvenes no hacen deporte, de que son sedentarios, de que tienen problemas de sobrepeso o de que pasan demasiadas horas delante de una pantalla.

¿No resulta, cuanto menos, contradictorio?

Tenemos colegios con pistas deportivas, polideportivos e instalaciones públicas que permanecen cerradas precisamente cuando muchos chavales podrían utilizarlas libremente con sus amigos.

Y hay algo que quizá deberíamos recordar: los centros escolares públicos y, en buena medida, también los centros sostenidos con fondos públicos se financian gracias al esfuerzo de todos los ciudadanos. Sus instalaciones forman parte de una infraestructura que la sociedad mantiene con sus impuestos.

Entonces, ¿por qué no pueden estar al servicio de esa misma sociedad?

No estoy diciendo que tengan que permanecer abiertos todos los días y a todas horas. Pero parece perfectamente razonable plantearse que, al menos durante los fines de semana, determinados patios y pistas deportivas puedan abrirse para que los chavales puedan practicar deporte de forma gratuita, sin necesidad de pertenecer a un club, estar federados o pagar una cuota.

Porque el deporte no debería ser únicamente para quien puede pagárselo o para quien está organizado dentro de un club.


También existe el deporte de barrio. El deporte espontáneo. El simple "bajo con mis amigos y echamos un partido".

Y precisamente ese deporte, el que no necesita entrenadores, fichas federativas ni cuotas mensuales, es el que muchas veces desaparece cuando cerramos las instalaciones.

Después aparece el botellón.

Y aquí quiero ser muy claro: el botellón no es una alternativa saludable de ocio. El consumo abusivo de alcohol, especialmente entre menores, es un problema serio y no debemos normalizarlo.

Pero tampoco podemos limitarnos a prohibir y después mirar hacia otro lado.

Porque si queremos que nuestros jóvenes hagan deporte, tendremos que facilitarles espacios donde puedan hacerlo. Si queremos que se relacionen de una manera saludable, tendremos que ofrecerles alternativas reales, accesibles y gratuitas.

Y aquí aparece otra contradicción que resulta difícil de ignorar.

En determinadas ciudades con una enorme actividad turística, el botellón se prohíbe con especial contundencia en determinadas zonas. 

Lloret de Mar es un ejemplo evidente de cómo determinadas prácticas relacionadas con el consumo de alcohol pueden ser objeto de prohibiciones estrictas cuando afectan a determinadas zonas turísticas.

Y uno no puede evitar preguntarse: ¿estamos realmente construyendo un modelo de ocio saludable para nuestros jóvenes o simplemente intentando que determinadas conductas no se produzcan allí donde pueden perjudicar la imagen turística de la ciudad?

Porque el problema no desaparece porque lo traslademos a otro lugar.

Mientras tanto, las pistas deportivas siguen cerradas.

Y entonces llega la pregunta incómoda:

¿Qué alternativas gratuitas estamos ofreciendo a nuestros chavales un sábado o un domingo por la tarde?

Porque decirles "haz deporte" es muy fácil.

Lo difícil parece ser abrir una pista pública para que puedan hacerlo.

No hace falta inventar grandes programas ni gastar millones. A veces basta con aprovechar lo que ya tenemos: patios escolares, pistas deportivas, espacios municipales y zonas de juego que durante el fin de semana permanecen infrautilizados.

Con unos horarios, unas normas claras y un sistema de apertura y cierre se podrían poner muchos de esos espacios al servicio de los jóvenes.

Y sin convertirlos necesariamente en un negocio.

Porque si una instalación ha sido construida y mantenida, total o parcialmente, con dinero público, quizá deberíamos preguntarnos si tiene sentido que un chaval necesite pagar para poder utilizarla o pertenecer a un club para tener acceso.

Los clubes cumplen una función fundamental y deben tener su espacio. Pero lo público también debería tener un espacio para todos.

No podemos decir que queremos una juventud activa y saludable mientras cerramos las puertas de los lugares donde puede practicar deporte.

No podemos preocuparnos por el alcohol entre los jóvenes y, al mismo tiempo, ofrecerles tan pocas alternativas gratuitas de ocio.

Y no podemos financiar instalaciones con dinero de todos para que después buena parte de esos espacios estén inaccesibles para todos.

Si queremos jóvenes más sanos, activos y responsables, empecemos por darles oportunidades para serlo.

Abramos las pistas.

Abramos los patios.

Facilitemos el deporte.

Ofrezcamos alternativas.

Y después, si queremos, hablamos de prohibiciones.

Porque quizá el problema no sea solamente lo que hacen nuestros jóvenes.

Quizá también deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para que puedan hacer algo diferente.

Triste, pero cierto.




Predicando en el Desierto
Miguel A Soto