*** La final que Grecia no quiso jugar ***

 
El baloncesto no es fútbol. Y conviene recordarlo.

En fútbol, un equipo inferior puede pasar 89 minutos defendiendo, sobrevivir como pueda y, en el último minuto, encontrar un gol que cambie absolutamente todo. En baloncesto, eso no funciona igual. Aquí los puntos, las posesiones, el talento individual y la intensidad defensiva van dibujando durante el partido una realidad mucho más difícil de esconder. Normalmente sabemos cuándo un equipo está compitiendo y cuándo ha dejado de hacerlo.

Por eso, lo ocurrido en la final del Mundial de Japón 2006 entre España y Grecia sigue resultando, como mínimo, extraño.

Grecia acababa de hacer algo extraordinario: derrotar a Estados Unidos en semifinales por 101-95. Había jugado un partido de enorme intensidad, atacando con personalidad y superando a una selección estadounidense plagada de talento NBA.

Y al día siguiente, en la final, aquella misma Grecia se quedó en 47 puntos.

Cuarenta y siete.

No 80. No 70. No 60.

47 puntos en una final de un Mundial.

¿De verdad debemos aceptar que todo se explica porque España defendió maravillosamente bien?

Por supuesto que España defendió maravillosamente bien. Y ahí no hay discusión. La selección española fue extraordinaria y mereció ganar aquel Mundial. Lo que cuestiono es otra cosa: el nivel competitivo que puso Grecia sobre la pista.

Porque una cosa es perder contra una España superior y otra muy diferente es desaparecer de una final.

La Grecia que había derrotado a Estados Unidos parecía un equipo completamente distinto al que apareció después frente a España. Faltó tensión. Faltó físico. Faltó energía. Faltó agresividad. Faltó esa sensación de estar disputando el partido más importante de la carrera de muchos de aquellos jugadores.

Y eso, en una final mundialista, no es un detalle menor.

Podemos llenar páginas hablando de los sistemas defensivos de España, de los ajustes de Pepu Hernández, del acierto de nuestros jugadores o de la ausencia de Pau Gasol. Todo eso forma parte de la explicación. Pero hay algo que ninguna pizarra puede borrar: Grecia pasó de anotar 101 puntos contra Estados Unidos a anotar 47 contra España.

Y aquí es donde aparece una cuestión incómoda.

¿Grecia llegó a la final después de haber consumido emocionalmente todo lo que tenía en la semifinal?

Es una posibilidad más que razonable.

Habían eliminado a Estados Unidos. Habían protagonizado el gran golpe del campeonato. Habían conseguido una victoria histórica. Y, como se ha contado en numerosas ocasiones, después de aquel partido hubo una gran celebración.

Perfecto.

Celebrar una victoria histórica es legítimo.

Lo que no es legítimo, al menos desde mi punto de vista, es presentarse después en una final mundialista sin la misma exigencia competitiva.

Porque una final no se juega con la resaca emocional de una semifinal. Una final se juega como si fuera el último partido de tu vida.

Y Grecia no dio esa sensación.

No estoy diciendo que España ganara porque Grecia se dejara ganar. Sería una estupidez. España hizo un campeonato magnífico, llegó invicta a la final y fue claramente superior aquel día. Nuestra selección no tiene absolutamente nada que reprocharse.

La crítica es para Grecia.

Para una selección que había demostrado ser capaz de jugar a un nivel extraordinario contra Estados Unidos y que, en el partido más importante del campeonato, ofreció una versión irreconocible.

Y hay un dato que debería hacernos pensar.



Si España, sin Pau Gasol, consiguió que Grecia anotara solamente 47 puntos, ¿alguien puede imaginar seriamente que aquella misma España habría dejado a Estados Unidos en 40 puntos?

Claro que no.

Porque el baloncesto no funciona así.

Estados Unidos tenía jugadores capaces de generar puntos prácticamente por sí mismos. Grecia también tenía talento. Y si el rival está físicamente preparado, mentalmente concentrado y compite al máximo, mantenerlo en 47 puntos durante una final mundialista es extraordinariamente difícil.

Por eso mi conclusión es sencilla:



España ganó el Mundial porque fue mejor. Pero Grecia no estuvo a la altura de una final.

Y reconocer las dos cosas simultáneamente no es contradictorio.

Al contrario.

Es lo honesto.

España merece todos los elogios por aquella actuación. Pero los aficionados también tenemos derecho a preguntarnos si aquello fue realmente una final entre dos equipos que estaban compitiendo al máximo de sus posibilidades.

Porque lo que vimos se pareció demasiado a una pachanga comparado con la semifinal que Grecia había disputado el día anterior.

Y eso es lo verdaderamente lamentable.

Una final de un Mundial debería ser una batalla. Debería haber tensión desde el primer minuto. Debería haber jugadores llevándose el cuerpo al límite, entrenadores exprimiendo cada posesión y dos selecciones negándose a perder.

España sí parecía estar jugando una final.

Grecia no.

Y quizá este episodio sirve también para abrir otro debate: el prestigio real que tiene el Mundial entre las grandes potencias del baloncesto.

Porque cada vez resulta más evidente que, para determinados países, los Juegos Olímpicos tienen un significado diferente. Es allí donde aparecen las grandes estrellas, donde se concentra la máxima atención y donde las selecciones parecen alcanzar su máxima exigencia.

El Mundial queda, en ocasiones, como una competición de segundo nivel.

Y eso debería preocupar a la FIBA.

Porque un Mundial no puede convertirse en un torneo que algunos de los mejores jugadores y selecciones afrontan con una intensidad inferior a la que reservan para los Juegos Olímpicos.

España sabe perfectamente lo que significa eso.

Quizá hemos olvidado demasiado rápido aquel fracaso de Barcelona 92, cuando nuestra propia selección fue incapaz de estar a la altura de las expectativas en unos Juegos Olímpicos disputados en casa.

Por eso conviene no confundir las cosas.

La España de 2006 fue campeona del mundo porque fue magnífica.

Pero aquella final contra Grecia fue una final extraña, anómala, decepcionante.

Y si alguien quiere convencerme de que una selección que acaba de eliminar a Estados Unidos 101-95 puede pasar, sin que ocurra absolutamente nada extraordinario, a meter solamente 47 puntos en una final mundialista, tendrá que darme una explicación mucho mejor que la de que simplemente “España defendió muy bien”.

Porque podemos ser muchas cosas.

Pero imbéciles, no.