*** Papá, ¿soy malo o es que no podemos pagar? ***
—Papá, ¿por qué no juego?
Una pregunta aparentemente sencilla.Pero imaginen por un momento que, en lugar de responderle que tiene que entrenar más, mejorar, esforzarse o esperar su oportunidad, tenemos que decirle algo mucho más difícil:
—Porque no podemos pagar determinadas cosas.
¿En qué momento hemos llegado hasta aquí?
El baloncesto de formación debería ser un espacio para aprender, competir, hacer amigos y crecer. Un lugar donde un niño pueda demostrar lo que lleva dentro sin que la nómina de sus padres sea un criterio deportivo.
Sin embargo, cada vez hay más gastos alrededor del deporte: cuotas, desplazamientos, equipaciones, torneos, campus, tecnificaciones, material...
Y mientras algunos pueden asumirlos sin demasiados problemas, para otras familias cada temporada supone hacer números.
Muchos dirán que mantener un club cuesta dinero.
Y tienen razón.
Los entrenadores tienen que cobrar. Los pabellones cuestan a veces. Los desplazamientos cuestan. Las federaciones, las licencias y las competiciones también.
El problema no es que el deporte tenga un coste. El problema aparece cuando el coste empieza a decidir quién tiene oportunidades.
Porque entonces ya no hablamos únicamente de baloncesto.
Hablamos de desigualdad.
¿Quién tiene talento?Esta es la pregunta que deberíamos hacernos.
No quién tiene los padres con mayor capacidad económica.
No quién puede acudir a todos los campus.
No quién puede permitirse cada tecnificación.
No quién puede viajar a todos los torneos.
¿Quién tiene talento?
Y después:
¿Quién trabaja?
¿Quién se esfuerza?
¿Quién mejora?
¿Quién respeta a sus compañeros?
¿Quién quiere aprender?
Esos deberían ser algunos de los criterios que determinaran el camino deportivo de un jugador.
No su cuenta bancaria.
El peligro de confundir formación con negocioNo hay nada malo en que un club quiera crecer. Tampoco en que busque patrocinadores, organice actividades o cobre por sus servicios.
El deporte necesita recursos.
Pero existe una línea que no deberíamos cruzar.
Cuando el jugador empieza a ser visto principalmente como un cliente, el concepto de formación corre el riesgo de quedar en segundo plano.
Y entonces aquel niño que comenzó a jugar porque le encantaba lanzar a canasta puede terminar entendiendo que para avanzar necesita que sus padres paguen más.
¿Es ese el mensaje que queremos transmitir?
Porque después nos llenamos la boca hablando de valores.
Esfuerzo.
Respeto.
Superación.
Compañerismo.
Igualdad.
Pero los valores también se demuestran cuando llega el momento de tomar decisiones.
«Tanto tienes, tanto vales»Esta vieja frase parece demasiado dura para el deporte de formación.
Y precisamente por eso debería preocuparnos que pueda empezar a encajar.
Porque si dos jugadores tienen unas condiciones similares, pero uno puede acceder a más recursos, más torneos, más entrenamientos y más oportunidades simplemente porque su familia puede pagarlo, la igualdad de partida desaparece.
Y quizá nunca sepamos cuánto talento hemos perdido por el camino.
Ese es el verdadero problema.
No saber cuántos jugadores pudieron haber llegado más lejos y nunca tuvieron la oportunidad de demostrarlo.
No todos los héroes llevan una camisetaPor suerte, hay otra realidad.
Clubes que ayudan a las familias que lo necesitan.
Entrenadores que miran antes al jugador que al dinero.
Directivos que hacen auténticos malabarismos para que nadie abandone.
Familias que comparten coches para los desplazamientos.
Personas que trabajan muchas horas de manera desinteresada.
A ellos hay que reconocerlos.
Porque demuestran que el baloncesto todavía puede ser mucho más que un negocio.
Y quizá esa sea la solución: encontrar un equilibrio.
Que el dinero sirva para sostener el deporte, pero nunca para decidir quién merece una oportunidad.
Volvamos a aquella pregunta—Papá, ¿soy malo o es que no podemos pagar?
Ojalá nunca tengamos que contestar esa pregunta.
Ojalá nuestros hijos puedan saber que, si trabajan, se esfuerzan y disfrutan jugando, tendrán una oportunidad.
Quizá no serán profesionales.
Probablemente no llegarán todos a la élite.
Y no pasa absolutamente nada.
Porque el objetivo del deporte de formación no debería ser fabricar profesionales.
Debería ser formar personas.
Y si algún día uno de esos niños llega lejos, estupendo.
Pero que llegue porque se lo ganó en la pista.
No porque sus padres pudieron comprarle el camino.
Porque una pista de baloncesto debería tener muchas cosas:
canastas, líneas, árbitros, entrenadores, compañeros y rivales.
Pero nunca debería tener una puerta reservada para quien pueda pagarla.
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